El 1 de julio de 1980 salí a las calles de Barcelona en busca de un local para instalar mi estudio y vivienda. Montado en la Vespa por la calle Provenza, pasé delante de la Casa Mila, junto al Paseo de Gracia. En la puerta había un cartel escrito a mano que anunciaba “se alquila estudio”. Intuitivamente, sin pensarlo dos veces, me acerqué a preguntar por el local. El portero me lo enseñó: consistía en un solo espacio de unos sesenta metros cuadrados, una pequeña ducha y retrete y un altillo de unos diez metros cuadrados donde podría ubicar mi habitación. Un gran ventanal accedía al patio interior de manzana, enmarcado por dos magníficas palmeras y al fondo un jardín arbolado. Toda la habitación estaba protegida por un maravilloso techo ondulante en el que se dibujaba una gran elipse y un núcleo central que, para mí, representaba el movimiento planetario solar.
Con esta visión me fui. Después de la noche todo se perfilaba nítido y mis ganas de acceder a aquel lugar eran ya imparables. Aquel día firmé el contrato para “alquilar indefinidamente” aquel local por veintitrés mil pesetas al mes (2 de julio de 1980). Sentí que todo en mi vida empezaba de nuevo. Y así fue, aunque en aquel momento poco podía presentir la rotundidad de los acontecimientos que se sucederían.
Quince días más tarde sufrí un grave accidente de automóvil en el que sentí perder la vida. En el impacto perdí la conciencia y mientras entraba en un viaje de silencio y luz blanquecina que se iba abriendo poco a poco. Este es el recuerdo, por un instante, puesto que algo o alguien me llamó a regresar. El retorno fue durísimo: huesos rotos, fisuras, miedo al movimiento, etc. Sin trabajo, sin coche, sin dinero y con cuatro meses de recuperación por delante. Afortunadamente, el administrador de la sociedad propietaria del inmueble permitió que le pagara el alquiler según pudiese. Gracias, señor Vidiella (así se llamaba el administrador), por su compasión y ayuda.
Entrar a vivir en La Pedrera se convirtió en sinónimo de final y principio. Final de viajes continuos en pos de las noticias y acontecimientos, de la vida nocturna de copas y bullicio, vida indeterminada e inconsciente; y principio de vida retirada, casi monástica, con gusto por el silencio y los cantos gregorianos -que en mi lugar de La Pedrera sonaban a gloria-, por el desconcierto existencial, la angustia y la reflexión. En aquel ambiente conocí los libros de J. Frazer (La rama dorada, Mitos del fuego...), de Gaston Bachelard (Psicoanálisis del fuego, La llama de una vela, El aire y los sueños, El agua, la tierra, etc...), de Mircea Eliade, de Réné Guenon, el Tao Te King, el Libro tibetano de los muertos, el Baghavad Gita y muchos otros. Aquellas lecturas alimentaron el acervo imaginario que años más tarde desarrollé en las series del fuego (en color azul, básicamente) y de los elementos (en blanco y negro).
En el techo de mi habitación-estudio, entre trazos ondulantes como estelas de olas, se leía, no con mucha claridad –sólo cuando la luz del día se reflejaba en un determinado ángulo— la palabra: Terrible. Esa palabra quedó asociada en mi mente a las terribles vivencias de pérdida y cambio que me sobrevinieron en La Pedrera.
En aquella época, el edificio tenía una vida tranquila. De vez en cuando, algunos visitantes entraban en los patios para contemplar la arquitectura de Gaudí. Incluso entre los barceloneses no había un especial interés, mención aparte de algunos fieles gaudinistas. La fachada del edificio mostraba el abandono, como casi todos los edificios del Ensanche; las restauraciones a gran escala se iniciaron tras el anuncio de los Juegos Olímpicos en Barcelona para el 1992. En 1980, el modernismo del Ensanche barcelonés formaba mas bien parte de un paisaje testimonial de tiempos anteriores de religiosidad, mecenazgo y grandeza, en una época de transición política en que el nuevo ideario más bien se vinculaba al eclecticismo y la posmodernidad, proclives a olvidar referencias del pasado.
La Casa Mila formaba parte de aquel pasado a olvidar. Su piedra “blanca” de Montjuïc estaba ennegrecida por la pátina del polvo y los humos. Cables eléctricos de dudosa utilidad transitaban por los pasillos junto a otros tantos tubos de conducción de la calefacción, que yo no tenía. Muchos de vosotros, amigos que estáis aquí, tal vez podéis recordarla todavía.
Pero mi percepción de la Pedrera era muy distinta en aquellos momentos. Sentía más que veía. Cuando entraba en La Casa percibía inmediatamente un halo de protección. La sensación era alimentada por el grosor de los muros y la fortaleza del hierro de la puerta peatonal de la calle Provenza. Al cerrarse aquella puerta a mis espaldas emitía un sonido seco, metálico y potente que retumbaba en el interior del patio, en el silencio de la noche. Con un leve chirrido y el ¡clac! de la puerta, uno entraba en el silencio reposado de un lugar protegido y el bullicio quedaba fuera, en la calle.
Probablemente, la disposición curva de los patios y de las formas constructivas y ornamentales dispuestas por Gaudí ayudan a propagar el sonido de modo distinto al de las edificaciones lineales y en ángulos rectos.
Los especialistas podrían hablar de ello. Yo sí puedo afirmar que los sonidos eran muy nítidos y se propagaban con una especie de eco en permanencia; también es cierto que en aquellos tiempos, el ruido en el exterior era bastante menor al de hoy, aunque no despreciable. Los recuerdos más claros –en sonidos y percepciones— se producían por la noche. Toda la casa estaba en silencio y a oscuras. No había vigilante y los porteros dormían. Tan solo una amarillenta bombilla de sesenta vatios alumbraba, a veces, el garito de la portería. Al cerrarse la puerta, los vecinos que estaban alerta podían asegurar que alguien había entrado en la casa tras el ¡clac! que retumbaba por todo el hueco del patio. Luego, un ¡croc! avisaba que el ascensor había llegado a la planta baja. Uno entraba en el ascensor como se puede entrar en la cabaña de un filósofo: era íntegramente de madera, de unos ocho metros cuadrados, con un banco donde sentarse y unos espejos donde verse el alma al final del día. De nuevo, otro ¡croc! anunciaba la llegada a la primera planta y tras apartarse la puerta deslizante, se abría la otra puerta de la planta, en un continuum de ordenados clac, crec, ñiec, pam, clac. Muchas veces no funcionaba la tétrica luz fluorescente del pasillo. Yo incluso prefería no encenderla cuando era noche de luna llena o con nubes bajas que reflejaban la luz de la ciudad. Aquella luz se depositaba en el suelo a través de los ventanales del pasillo que rodea el patio. Entonces se manifestaba un ambiente absolutamente misterioso, aumentado aun más por la curvatura del trazado del pasillo, que no permitía ver el final. Contagiado de aquel ambiente, podía adivinar cómo caminarían nuestros antepasados, alumbrándose con escasa luz, pisando suelos imprecisos y con un “temor-de-Dios-Justiciero” en el alma. Al franquear la puerta de mi estudio me sentía totalmente a cubierto de las acechanzas del destino.
La lluvia era excepcionalmente singular en La Pedrera. Especialmente en verano, cuando los ventanales del pasillo estaban abiertos, y los truenos de la tormenta se propagaban por todos los rincones de la casa. Se percibía la profundidad del ruido del trueno acompañado por miles de tintineantes gotas y pequeños chorros de agua que caían por las gárgolas al suelo empedrado del patio. Desde allí se repartía el sonido ascendiendo por los muros. Podía distinguirse un primer tono semejante al conjunto de agua que cae en cascada, y dentro de el, un segundo tono en el que se distinguían millares de pequeños sonidos de las gotas al caer contra el suelo. Era una verdadera sinfonía del agua.
La construcción de Gaudi en formas orgánicas, su elección de líneas curvas, elípticas y otras derivadas ofrece otro mundo de sonidos y luz más nítido y matizados, al tiempo que refuerza la sensación interior de protección y seguridad que en cierta manera todos buscamos en nuestra casa.
Gaudí transmitió a su obra el sentido profundo del misterio místico y concretamente su sentido religioso de la figura de María, la madre, a cuya advocación dedicó La Pedrera. En lo alto del edificio estaba proyectada la construcción de un conjunto escultórico dedicado a la exaltación de la Virgen María, que se vio truncado por los sucesos de la Semana Trágica en Barcelona, rematados con el incendio de iglesias y conventos. Pero han pervivido los signos en la fachada relativos a la Rosa Mística, vinculada a la Virgen. El interior, aún en mayor medida que el exterior, evoca el “interior femenino”. Las formas redondeadas, las palabras esculpidas en techos y columnas de la casa (Olorosa, Modestia, referencias al rosario, etc.). El habitante de La Pedrera, consciente del mundo que le rodea, se hace aún más receptivo para captar los signos y manifestaciones que le transmiten la excepcionalidad de ese hábitat: armonía, protección, sensibilidad, intimidad, silencio, amor. Gaudí transmitió el sentido profundo del misterio materno.
Llama extraordinariamente la atención el hecho de que miles de gentes acudan de todas partes del mundo a contemplar la obra de aquel hombre genial. Para mí, la pregunta sería si –y me refiero a los visitantes interesados en la obra de Gaudí, no a los turistas o paseantes curiosos — la arquitectura de aquel hombre atrae por su singularidad y aspecto externo, por la mise-en-scène, o porque propone y transmite un sentido, llamémosle místico, que toca una sensibilidad inconsciente de los humanos.
Desconozco, y creo que nadie ha estudiado hasta hoy, si existen relaciones paralelas y analógicas en el sentido, de las frases diseminadas por La Pedrera. En principio, parece que estén puestas aquí y allá sin más sentido. Pero yo pude establecer una relación de "carácter" entre la palabra del techo de mi vivienda “Terrible” y la figura de la azotea –majestuosa, masculina, adusta, imponente, no decorada, pintada de color marrón, absolutamente oscura en la noche— que le corresponde en vertical. Algo parecido ocurría con las palabras “Modestia”, “Olorosa” y las figuras correspondientes: femenina, recubierta de "trencadis" blanco, adosada a una pequeña figura, como si de madre e hijo se tratara, pegadas a una otra junto a un arco o puerta. Son sólo conjeturas, pero me atrevo a presentarlas aquí como sugerencias para los estudiosos del complejo mundo gaudiniano.
En las figuras de la azotea encontré el medio de expresión de mis vivencias interiores durante la transición de mi convalecencia. La primera vez que tuve oportunidad de acceder allí, empezó a resonar en mi imaginario todo aquel conjunto que constituía cada vez más un poderoso atractivo mítico y onírico, un lugar para la representación de la aventura de la vida. La visita de la azotea se realiza atravesando un pasadizo de escalones desiguales en altura y anchura, con subidas y bajadas, donde que hay que andar entre “guerreros” y grandes figuras, a veces mostrando arcos o puertas que median entre dos lados, entre un mundo y otro. Subir y bajar y andar por escalones desiguales obliga a mirar continuamente al suelo y arriba para contemplar las figuras de las chimeneas, mirar al suelo, mirar al cielo, una
referencia a la expresion monástica y templaria del “ora et labora” que exhorta al trabajo con la materia y a la oración hacia el mundo divino.
La azotea, de noche, en silencio y en soledad, sin otra iluminación que la procedente del reflejo lumínico urbano y la luz de la luna, empezaba a cobrar vida. Sucesivamente la visité con el trípode y la cámara, a lo largo de mas de dos años. Horas de permanencia y largos minutos de espera cada vez que hacía una fotografía: debido a la escasa luz, tenía que recurrir a largas exposiciones con el objetivo abierto para poder registrar las figuras permanentes sobre cielos cambiantes.
Homenaje a Gaudí porque con valentía supo transmitir y legar lo que quería:
Compendió en su obra el saber intelectual del arquitecto y el fervor religioso del hombre de la calle; unió dos mundos que a menudo están separados. Tal vez esto explica en parte la admiración de miles de personas de toda índole y saber.
Ésta no es una experiencia únicamente personal. Puedo afirmar que todos, o casi todos aquellos que habitaron La Pedrera podrían participar en el mismo sentido aportando vivencias personales extraordinarias, hoy añoradas. Actualmente La Pedrera ya no es un edificio de viviendas. Una entidad bancaria tiene la propiedad y administra la finca como Monumento del Patrimonio de la Humanidad de la Unesco. Creo que sería muy interesante que otras muchas personas pudieran recoger por sí mismos la experiencia de haber habitado por un tiempo en La Pedrera, especialmente estudiosos y artistas cuyo trabajo esté vinculado a Gaudí y su obra. A este efecto, sería de gran utilidad la recuperación o adaptación de una serie de estudios-apartamentos a los que pudiera accederse mediante becas establecidas para dicho propósito.
El mundo de Gaudí es tan especialmente amplio y con tantas lecturas posibles que todavía hoy, contando con muchos estudios realizados; miles de fotografías tomadas, de tantas palabras pronunciadas, sigue ofreciendo a la sensibilidad creativa humana una fuente, una cantera interminable de propuestas en las que cada buscador, cada estudioso, cada admirador puede recrear a partir de ella su propio mundo y dar su propia respuesta. El mundo de Gaudí es un mundo abierto a todos.
Gracias por su atención.
Barcelona, 8 de noviembre de 2001