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Velázquez: Entre el tiempo y la eternidad
Por: Martín López de Romaña Jenkins

El interés por la obra de Diego Rodríguez de Silva y Velázquez (1599-1660), quien retrató magistralmente el espíritu español de su época, no ha conocido mengua a lo largo de cuatro siglos. Mucho menos cuando se han superado varios de los prejuicios de los siglos XVIII y XIX con respecto al arte barroco que Velázquez encarna con particular riqueza.

La historia nos ha sido mezquina con los datos sobre su vida, de la que se sabe con mucho el esquema, sobre todo considerando que ya a sus 24 años fue figura pública al ser elegido como el pintor de la corte de Felipe IV de España, además de amigo personal y retratista exclusivo del rey. Ortega y Gasset se refiere a este silencio histórico señalando que antes que pintor o "figura pública" Velázquez fue noble. Noble no por títulos -que no tuvo sino hasta el final de su vida- sino, ante todo, noble como una actitud ante la vida que le dictó una gran sobriedad y le apartó de cualquier pretensión de hacerse popular. Esto explicaría acaso también que a lo largo de su vida pintó muy pocos lienzos, considerando por un lado la asombrosa rapidez con que pintaba -se sabe que no utilizaba ningún tipo de boceto-, y por otro, el holgado tiempo del que disponía en la corte.

Sea como fuere, ante la obra de Velázquez -como ha dicho ese gran crítico de arte que fue Eugenio d'Ors- el comentario tendría que versar no sobre el artista, sino sobre las cosas. En efecto, la objetividad y el realismo que nos impactan en cuadros como Las Meninas, El Triunfo de Baco, o en los retratos tanto de altos personajes como de enanos y bufones, merecen -parafraseando a d'Ors- no tanto una indagación psicológica, sino más bien una apreciación metafísica.

Velázquez dentro del barroco, -ese estilo consagrado a la representación de la vida y el movimiento en sus más altas notas de trascendencia-, representa un estado muy particular. Quizá como ningún otro pintor ha sabido capturar el instante. El realismo que mucho antes consiguiera Van Eyck por la vía de la pincelada de precisión quirúrgica y la observancia del detalle, es logrado magistralmente por Velázquez con fugaces pinceladas que dejan ver, sólo a cierta distancia del cuadro, un fotográfico dominio del instante. En Velázquez las cosas y los personajes son como son y están como están, no cabe ante ellos una crítica según paradigmas clásicos de proporción o disposición. Con escrupulosa reverencia, el pintor de Sevilla retrata el momento y el objeto sin poetizarlos, sin exagerarlos. Sin embargo, la magia de Velázquez estriba en su capacidad de mostrar tras el realismo más crudo -aunque nunca grotesco-, una raíz oculta de trascendencia, de profundos sentimientos, de valores espirituales. Quizás con más precisión podríamos decir que bajo la captación del instante, o a través de ella nos abre a la intuición de la eternidad. Hasta sus retratos de contrahechos enanos nos revelan tras su realista deformidad un brillo inconfundible de nobleza, de gravedad y de ese "sentimiento trágico de la vida" que separara Unamuno para el pueblo español que Velázquez se abocó a retratar.

Probablemente es en el Cristo Crucificado donde el instante y la eternidad se funden más profunda y armónicamente. Sobre un fondo oscuro por completo se alza naturalmente iluminado un cuerpo crucificado que no responde a proporciones griegas ni se estiliza en aras de una impresión estética. Se trata de un cuerpo que, como dijimos, "es como es y está como está", es el cuerpo de alguien, no una idealización. Las heridas de la Pasión, tan sólo son sugeridas, el autor no tiene necesidad de exagerarlas para mostrar la crudeza de lo real. Por el camino de este realismo, el célebre Cristo de Velázquez nos acerca el misterio de la Encarnación de forma única. Quien de esa ruda cruz pende es un hombre, valga la redundancia, inmensamente humano, pero es Dios a la vez. El rostro parcialmente oculto por el pelo que cae y por la sombra deja ver rasgos de una dignidad suprema y al mismo tiempo oculta el misterio de Dios que va más allá de lo que su pincel pudiese expresar. Una nobleza humana que habla de Dios se deja ver sobriamente en ese rostro y en la composición toda. Quizás lo que más nos asombra de la obra de Velázquez sea esa luz de eternidad, de Dios en última instancia, brillando serenamente.



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