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Gaudí y la originalidad auténtica
Por Martín López de Romaña Jenkins

El inconcluso templo expiatorio de la Sagrada Familia es, sin duda, la obra más importante del magistral arquitecto catalán Antonio Gaudí y Cornet (1852-1926). Es a la vez una de las construcciones más imponentes de este siglo. En realidad, el templo se comenzó a construir a fines el siglo XIX, bajo la dirección personal de su autor y apoyada en parte con sus propios honorarios.

La causa principal de esta centenaria demora es que Gaudí proyectó el templo siguiendo su convencimiento de que toda edificación religiosa debía ser, ante todo, una catequesis. Para él, la arquitectura o tenía un carácter espiritual que condujese al hombre a lo trascendente, o se reducía a la ingeniería, cuando no a la simple albañilería.

Esta comprensión espiritual de la arquitectura se armonizaba con una concepción "arquitectónica" de la fe de la Iglesia. Muestra de ello es que el templo de la Sagrada Familia fue soñado por Gaudí como un gran catecismo que posibilitase a los visitantes una concepción orgánica de la estructura de la fe, una visión sinóptica del Misterio de Cristo y su Iglesia. Cada torre, -y, es más que lícito decirlo- cada piedra porta un significado dentro de la rica teología que organiza la construcción.

Ésta, su obra maestra, y otras como "la Pedrera", la casa Batlló y el Parque Güel han sido un permanente dolor de cabeza para los historiadores de la arquitectura, pues se rehusan a ser circunscritas dentro de cualquier estilo. Algunos las han querido anexar al modernismo, otros al expresionismo, y finalmente otros, con más fortuna y buen sentido, han reconocido su absoluta originalidad diciendo que Gaudí sólo se parece a Gaudí. Sin embargo, la originalidad para el arquitecto de Barcelona se oponía diametralmente a la frívola búsqueda de lo nuevo por lo nuevo. Lejos de eso, el maestro no buscaba crear "de la nada", sino extraer de la cantera inagotable de la creación las formas esenciales y convertirlas en edificios. En ese sentido decía: "Los que buscan las leyes de la naturaleza como apoyo de sus nuevas obras colaboran con el Creador. Los copistas no colaboran. Por eso la originalidad consiste en volver al origen".

Gaudí

Pero, ¿cómo era este hombre capaz de concentrar en su sola persona todo un estilo tan rico en simbología y técnica? ¿De donde pudo brotar esta arquitectura que nadie influenció y que nadie ha podido seguir? Sus biógrafos, rebuscando entre la escasa información que se tiene sobre su personalidad, convienen en que Gaudí era una muy española mezcla de sencillez, profundidad y de un tan impredecible como ígneo carácter. Por otra parte, sabemos de boca de quienes más cercanamente lo conocieron, que fue esencialmente un hombre de Dios, para quien la fe de la Iglesia católica no estaba divorciada de su vida. Todo lo contrario, la fe era para él la fuente de su inspiración, el ancho mar de donde su fina sensibilidad espiritual y artística hallaba nuevos horizontes. La fe siempre fue para él la fuerza que lo impulsaba a quemar su existencia en el esfuerzo por interpretar, en el humano lenguaje de la arquitectura, la alabanza que la naturaleza tributa al Creador. No son pocos y no carecen de evidencias los que sostienen que el arquitecto vivió una vida ejemplarmente virtuosa y santa, por lo cual su causa de beatificación está introducida.

LA SAGRADA FAMILIA

Un gran triunfo para la arquitectura universal sería el reconocimiento y confirmación por parte de la Iglesia del gran maestro catalán como santo. Un gran triunfo para los arquitectos, aquellos hombres intrépidos que elevan al cielo muros y columnas como manos en busca de quien da sentido definitivo a la vida humana.



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